Un puño. Podía verlo volando hacia él en una ligera curva, con dos nudillos callosos buscando el sitio entre su oreja y su mandíbula. Sayani desplazó el peso de su cuerpo hacia su pierna adelantada y movió ligeramente la cabeza hacia atrás, dejando que el puño pasara sin rozarlo.
Su rival, a quien el cansancio finalmente parecía estar afectando, perdió el balance durante un momento dándole la oportunidad de alcanzarlo con un directo en la frente. El veterano trastabilló. Sayani no dudó: se lanzó a sus piernas y lo derribó con todo el peso del cuerpo. Montado sobre él, empezó a golpear con los antebrazos como si hendiera leña, apuntando a frente, nariz y pómulos. Sintió cómo la sangre le mojaba los codos. Sin embargo, su oponente no se desesperó y cerró la guardia sobre su rostro y cuello.
Sayani no se percató de que lo había montado demasiado cerca de la cintura hasta que éste comenzó a moverse. “¡Cuidado con las caderas, muchacho estúpido!”, imaginó a su tío gritándole en el momento en que el otro peleador empujaba con las rodillas y giraba invirtiendo la posición.
Ahora era él quien recibía martillazos incesantes. Cruzó los antebrazos, y pegó la nuca contra el suelo para evitar que la cabeza rebotara con cada golpe. Todavía reprochándose, acomodó su pierna derecha por fuera de la de su rival y le apresó el tobillo; luego rodó.
No volvería a cometer el mismo error. Lo montó sobre el pecho y esperó. Logró colar un golpe entre los brazos sudados, estos se aflojaron y entonces continuó golpeando hasta que el abucheo del público se impuso por fin al latido de su corazón.
Se puso de pie y levantó la mano apretando el puño, paseando la mirada en regocijo por cada uno de los rostros que gritaban y escupían. El árbitro, quien durante la pelea se había limitado apenas a realizar alguna advertencia, prácticamente lo empujo fuera del círculo luego de declararlo ganador.
Sayani se dirigió a la parte trasera del local, donde un baño con agua tibia lo aguardaba. Se quitó los pantaloncillos, se introdujo en la pequeña pileta excavada en el suelo e inmediatamente sintió alivio; tanto que apenas lo incomodó el olor a sudor seco y orines del lugar donde se encontraba.
Un sujeto de barba desprolija con un parche en el ojo entró y puso unas monedas en un pequeño banco de madera al lado de la bañera.
“Ya te dije que no lo hago por el dinero”.
“Y yo te repito que en este lugar siempre se paga. Si quieres puedes dárselo a los hombres que perdieron su apuesta. Termina tu baño, luego usa la puerta trasera y vete lo más rápido que puedas”, advirtió, luego se volteó y comenzó a alejarse.
“¿Volverás la próxima semana?”, preguntó sin detenerse.
“¿Vas a conseguir luchadores que no sean más viejos que mi padre?”.
Salió por la puerta del frente cuando la luna ya dominaba el cielo. Tres peleas en la misma tarde tal vez eran demasiadas incluso para él. Y lo peor de todo es que no había traído una montura, seguro como estaba de que no la encontraría al salir.
“Qué les dije muchachos, es demasiado orgulloso para intentar huir por detrás”.
Recordaba al hombre en las gradas, echándole maldiciones e insultando a su madre. Ahora mostraba dos dientes con apliques de piedras preciosas que no mejoraban demasiado la apariencia de su sonrisa chueca.
“Me costaste una buena cantidad, muchacho”, soltó poniéndose serio.
“No tendrías que haber apostado en mi contra”, respondió Sayani deteniéndose y observando al resto de los hombres que se acercaban. Siete en total. El viejo no le preocupaba, ni tampoco los dos que se escudaban tras él, huesudos como ramas secas. Pero los otros cuatro… esos eran otra historia. Uno de ellos había sido su oponente un par de meses atrás; un tipo de pegada discreta pero increíblemente veloz. Otro tenía manos capaces de cubrir la cabeza entera de una persona, y los restantes se veían sospechosamente tranquilos.
“Lo recordaré la próxima vez que luches, y como no deseo perderme de una oportunidad de ganar dinero, simplemente dame lo que te hayan pagado y te irás de aquí sin sufrir más daños”.
“Si lo hubieras pedido con delicadeza, tal vez lo hubiera considerado”.
Sayani continuaba mirando directamente al viejo pero por el rabillo del ojo no dejaba de vigilar al hombre cuya cabeza se alzaba sobre el resto de los luchadores aptos del grupo. No sería capaz de vencer a todos, pero a ese se aseguraría de lastimarlo tanto como pudiera.
Dio unos pasos hacia adelante.
“Por otra parte, los peleadores de hoy no me dieron demasiado que hacer”.
El luchador de manos enormes se desplazó desde su izquierda para interceptarlo. Sin dejar de mirar al viejo, Sayani lo golpeó lo más duro que pudo en el mentón. Un crujido se escuchó antes de que cayera al suelo en línea recta.
Fue su último golpe limpio. Una mano lo sujetó por detrás como una pinza, y antes de que pudiera zafarse, un puño le hundió el abdomen. El aire le escapó con violencia. Cayó de rodillas apenas lo soltaron, y más por reflejo que conscientemente se puso de espaldas y se cubrió con los brazos y las rodillas, tratando de rodar para evitar los golpes que llegaban de todas direcciones.
“¡Debiste haber escuchado, maldito engreído!”.
Sabía que estaba a punto de desmayarse, y se lamentó no haber elegido como objetivo al viejo. Entre el sonido de los gritos y las risas, nuevamente le parecía escuchar a su tío, seguramente reprochándole su estupidez.
“¡Déjenlo en paz!”.